Cada 15 de septiembre, poco antes de la medianoche, millones de mexicanos repiten un ritual: gritan “¿Viva México!” en plazas, balcones y salas de su casa. Pocos se detienen a pensar que ese grito es, en realidad, el eco de once años de guerra, de un cura que se jugó la vida en un pueblo llamado Dolores, y de un abogado convertido en general que soñó con un país donde “sólo distinguiera a un americano de otro el vicio y la virtud”. Esta es la historia de cómo la Nueva España, una de las colonias más ricas y más desiguales del mundo, se convirtió en México.
El escenario: un reino rico por fuera, agrietado por dentro
Para entender por qué estalló la guerra en 1810 hay que entender primero cómo vivía la gente en la Nueva España. No era, ni de lejos, una colonia pobre. El explorador y científico prusiano Alexander von Humboldt, que recorrió el virreinato entre 1803 y 1804, quedó tan impresionado por sus minas de plata que llegó a describirlo como “el cofre del tesoro del mundo” en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (publicado en 1811 y reeditado en 1822). Pero el propio Humboldt, con la mirada fría de un científico, señaló algo incómodo: esa riqueza estaba repartida de una manera brutalmente desigual, y advirtió sobre el riesgo social que representaba esa distribución.
Basta un dato para dimensionarlo: según el Censo de Revillagigedo, de los cerca de 12.6 millones de habitantes de la Nueva España, unos 8 millones no sabían leer ni escribir, y el virreinato contaba con apenas 2,282 médicos para todo su territorio. Es como si hoy una ciudad del tamaño de París tuviera menos médicos que una sola clínica privada de barrio.
Esa desigualdad no era un accidente: estaba, hasta cierto punto, diseñada por las propias instituciones de la Corona. La Real Ordenanza de Intendentes, promulgada por Carlos III el 4 de diciembre de 1786, había reorganizado el territorio en doce intendencias con el fin explícito de centralizar el control fiscal y administrativo del virreinato: cada intendente, casi siempre un peninsular, concentraba funciones de hacienda, justicia, guerra y policía que antes se repartían entre varios funcionarios locales. Fue, en la práctica, una maquinaria diseñada para que Madrid extrajera más impuestos con mayor eficiencia, no para que la riqueza se quedara ni se repartiera en la propia Nueva España. A ese entramado se sumaban corporaciones cerradas como el Consulado de Comerciantes de México, que desde el siglo XVIII controlaba buena parte del comercio autorizado con la península, y el poderoso Real Tribunal de Minería, creado en 1783 para ordenar la extracción de plata que sostenía buena parte de la Real Hacienda. Ambas instituciones favorecían sistemáticamente a comerciantes y mineros peninsulares con acceso directo a la Corona, dejando a los criollos con capital y educación, pero sin la llave política que abría esos círculos económicos. Ese cerco institucional, más que la simple pobreza, fue el que convirtió el resentimiento criollo en un problema estructural y no solo emocional.
La sociedad novohispana funcionaba, además, como una pirámide de castas. Arriba estaban los peninsulares (españoles nacidos en España), que ocupaban casi todos los puestos de gobierno, del ejército y de la Iglesia. Debajo, los criollos: hijos de españoles pero nacidos en América, con dinero y educación, pero sistemáticamente excluidos de los cargos de poder por el simple hecho de haber nacido “del otro lado del mar”. Más abajo, mestizos, indígenas y personas de origen africano, con derechos cada vez más recortados. Imaginemos a un hacendado criollo, dueño de tierras y con estudios en la universidad, viendo cómo un recién llegado de España, sin experiencia ni arraigo, era nombrado virrey o intendente por encima de él: ese resentimiento, acumulado durante generaciones, fue el combustible social de la independencia.
A ese malestar se sumó, desde finales del siglo XVIII, la influencia de la Ilustración: criollos como el científico José Antonio Alzate empezaron a publicar gacetas con ideas europeas sobre razón, soberanía y derechos, y una nueva conciencia de identidad “americana” —distinta de la española— fue tomando forma.
La chispa vino de Europa: un rey secuestrado y un trono vacío
El detonante final, sin embargo, no nació en América sino en Europa. En 1808, Napoleón Bonaparte engañó a la familia real española: convocó a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a la ciudad francesa de Bayona y los obligó, uno tras otro, a abdicar el trono en su favor. Napoleón se lo entregó después a su propio hermano, José Bonaparte, quien reinó en España como José I. España, de la noche a la mañana, se quedó sin un rey legítimo dentro del país, y el pueblo español se levantó en armas para resistir la ocupación francesa.
Esa crisis cruzó el océano. Si el rey de España había sido prácticamente secuestrado, ¿quién gobernaba entonces la Nueva España? Los criollos vieron ahí una oportunidad histórica: si no había rey, la soberanía —argumentaban algunos pensadores de la época— regresaba al pueblo, que podía formar sus propias juntas de gobierno mientras se resolvía la crisis en España. En la Ciudad de México, el virrey José de Iturrigaray llegó a simpatizar con la idea de una junta autónoma, pero fue depuesto y arrestado en 1808 por un golpe de los peninsulares más conservadores, que temían perder el control. Ese golpe cerró la puerta al cambio pacífico y dejó claro que cualquier transformación tendría que llegar por otra vía.
El Grito de Dolores: cuando la conspiración se convirtió en guerra
Esa otra vía comenzó a fraguarse en Querétaro, donde un grupo de criollos —entre ellos el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz de Domínguez, el capitán Ignacio Allende y Juan Aldama— se reunía en secreto para planear un levantamiento. El cura del pueblo de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, un sacerdote de 57 años, culto, con inquietudes económicas y sociales poco comunes en el clero de su época, se sumó al plan.
La conspiración se descubrió antes de tiempo. Ante el riesgo de ser arrestados, Hidalgo decidió no esperar: en la madrugada del 16 de septiembre de 1810 mandó tocar las campanas de su iglesia, reunió a la gente del pueblo y la llamó a las armas. Ese llamado —conocido como el Grito de Dolores— es hoy la fecha que México celebra cada año, aunque las palabras exactas que pronunció Hidalgo esa noche no quedaron registradas con precisión; lo que sí sabemos con certeza es que ese grito convirtió una conspiración de salón en un ejército popular en cuestión de días.
Ese ejército, formado sobre todo por campesinos, indígenas y mestizos armados con machetes, hondas y palos, tomó Guanajuato apenas doce días después. Ahí ocurrió uno de los episodios más recordados de toda la guerra: el asalto a la Alhóndiga de Granaditas, un granero fortificado donde se habían refugiado las autoridades y familias españolas de la ciudad. Un joven minero, Juan José de los Reyes Martínez, apodado “El Pípila”, se cubrió la espalda con una losa de piedra para protegerse de los disparos y logró llegar hasta la puerta de madera del edificio para prenderle fuego, permitiendo así la entrada de los insurgentes. Fue una victoria contundente, pero también un episodio de violencia descontrolada que causó cientos de muertes entre la población atrincherada, y que el propio movimiento insurgente tendría que ir corrigiendo con el paso del tiempo, disciplinando su lucha.
No todos los conspiradores originales de Querétaro corrieron la misma suerte, y no todas esas historias son igual de conocidas. Mariano Abasolo, capitán criollo que participó desde el primer momento junto a Hidalgo y Allende, fue el único de los cuatro líderes principales que no fue fusilado tras su captura en Acatita de Baján: un tribunal lo condenó en cambio a prisión perpetua y lo envió a España, donde terminó encerrado en los calabozos del castillo de Santa Catalina, en Cádiz. Ahí murió de tuberculosis el 14 de abril de 1816, sin haber vuelto a pisar suelo mexicano, tras años de cautiverio en los que su esposa, Manuela Rojas, consiguió permiso para acompañarlo en la celda. No hubo fusilamiento público ni cabeza exhibida en su caso: solo una muerte lenta, casi anónima, en una mazmorra a miles de kilómetros de distancia. Es un recordatorio de que la insurgencia no solo produjo mártires fulminantes, sino también tragedias silenciosas y prolongadas.
Hidalgo no alcanzaría a ver el final de la guerra: fue capturado en 1811 y fusilado el 30 de julio de ese año en Chihuahua. Pero el movimiento que había encendido no se apagó. Al contrario: encontró en un antiguo alumno suyo, un cura de pueblo llamado José María Morelos, al líder que le daría forma política y un proyecto de nación.
El primer gobierno insurgente: López Rayón y la Junta de Zitácuaro
Mientras Morelos empezaba a destacar en el sur, otro antiguo secretario de Hidalgo, el abogado Ignacio López Rayón, enfrentaba un problema distinto: la insurgencia había perdido a casi todos sus líderes fundadores, pero seguía sin tener un gobierno propio que la representara ante el mundo. El 19 de agosto de 1811, en la ciudad de Zitácuaro, Michoacán, López Rayón instaló la Suprema Junta Nacional Americana, también conocida como la Junta de Zitácuaro: el primer intento serio de darle a la insurgencia un cuerpo de gobierno colegiado, con López Rayón como presidente y ministro universal, y José María Liceaga y José Sixto Verduzco como vocales. Poco después, el propio Morelos se sumaría a la Junta como cuarto vocal, reconociendo su autoridad aunque manteniendo el mando militar independiente en el sur.
La Junta de Zitácuaro no llegó a gobernar un territorio consolidado —el ejército realista la persiguió de pueblo en pueblo durante casi dos años—, pero su aporte intelectual fue decisivo: ahí se redactaron los llamados Elementos Constitucionales, un primer bosquejo de organización política para la nación que se quería construir, anterior incluso a los Sentimientos de la Nación de Morelos. Fue, en otras palabras, el primer borrador de un borrador: la insurgencia empezaba a pensarse no solo como un ejército, sino como un Estado en formación, con instituciones, jerarquías y un discurso legal propio, mucho antes de que existiera un territorio real donde aplicarlo.
José María Morelos y Pavón: el estratega que le dio ideas a la guerra
Si Hidalgo encendió la mecha, Morelos fue quien convirtió la insurgencia en un proyecto de Estado. Nacido el 30 de septiembre de 1765 en Valladolid (hoy Morelia, Michoacán), hijo de un carpintero, Morelos trabajó de arriero antes de estudiar teología y ordenarse sacerdote ya adulto, en una parroquia pobre del sur del país. Cuando se unió a Hidalgo en 1810, éste le encomendó una misión concreta: levantar la insurgencia en el sur y tomar el puerto de Acapulco.
Morelos resultó ser, para sorpresa de sus propios superiores, un genio militar autodidacta. En apenas cinco años dirigió cuatro campañas militares que pusieron en jaque al gobierno virreinal. El episodio que mejor retrata su talento es el sitio de Cuautla, en 1812: durante 72 días, sus tropas resistieron el cerco de un ejército realista muy superior en número, comandado por el temido Félix María Calleja. Cuando la comida y el agua se agotaron, Morelos no se rindió: organizó una fuga nocturna y logró sacar a buena parte de sus fuerzas con vida, convirtiendo lo que pudo ser una derrota aplastante en una hazaña que multiplicó su prestigio. No exageraban quienes, tiempo después, lo compararon con los grandes estrategas militares de su época: entendía que no siempre gana quien tiene más soldados, sino quien sabe cuándo pelear y cuándo retirarse a tiempo.
Pero el aporte más duradero de Morelos no fue militar, sino político. En 1813 convocó el Congreso de Anáhuac, reunido en Chilpancingo, con un objetivo ambicioso: dejar de improvisar la guerra y darle a la futura nación un proyecto escrito. El 14 de septiembre de 1813 presentó ante ese Congreso un documento breve pero explosivo: Los Sentimientos de la Nación.
Los Sentimientos de la Nación: 23 puntos que se adelantaron a su tiempo
Los Sentimientos de la Nación son, en esencia, el primer borrador de lo que México quería ser. No es una ley extensa ni un tratado técnico, sino algo parecido a una carta de intenciones, redactada en 23 puntos directos. Algunos de los más significativos:
- El punto 1 declaraba que “la América es libre e independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía”.
- El punto 5 proponía dividir el poder en tres: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, una idea tomada de los pensadores ilustrados europeos pero aplicada, por primera vez, a un proyecto de nación mexicana.
- El punto 12 pedía que se moderara “la indigencia y la opulencia”, es decir, que se redujera la brecha entre ricos y pobres, algo notablemente moderno para 1813.
- El punto 15 es, quizá, el más recordado: proscribía para siempre la esclavitud y la distinción de castas, “quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”. En un país construido durante tres siglos sobre jerarquías de sangre y color de piel, esta sola frase era, literalmente, revolucionaria.
- El punto 23 pedía que se conmemorara cada 16 de septiembre como el aniversario del inicio de la lucha, la misma fecha que México sigue festejando hoy.
Con base en esos principios, el Congreso emitió el 6 de noviembre de 1813 el Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional, el primer documento legal en proclamar formalmente la separación de la Nueva España respecto de la corona.
La Constitución de Apatzingán: la primera ley fundamental mexicana
Un año después, el 22 de octubre de 1814, el mismo Congreso —ya en fuga constante por la persecución del ejército realista, que lo obligó a trasladarse de Chilpancingo a Apatzingán— sancionó el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, conocido como la Constitución de Apatzingán. Con 242 artículos, fue la primera constitución propiamente mexicana: establecía la soberanía popular, la igualdad ante la ley, la división de poderes y reconocía a la religión católica como la única permitida.
Su drama es que nunca llegó a aplicarse de verdad. El territorio que controlaban los insurgentes se reducía cada vez más por el acoso militar realista, y la captura de Morelos en 1815 dejó al proyecto sin la figura que lo sostenía. Aun así, su importancia histórica es enorme: fue el primer intento serio de darle a México un marco legal propio, escrito por mexicanos y pensado para mexicanos, casi una década antes de que el país lograra su independencia definitiva.
La caída de un líder, no de una idea
El 5 de noviembre de 1815, en un lugar llamado Temalaca, Puebla, Morelos ordenó a sus tropas escoltar a los miembros del Congreso mientras él mismo se quedaba a enfrentar al ejército realista para cubrir su huida. Fue capturado junto con otras treinta personas y trasladado a la Ciudad de México, donde fue sometido a un doble juicio: uno militar, por rebelión, y otro de la Inquisición, que lo declaró hereje. En su declaración, Morelos se defendió con serenidad de las acusaciones que se le imputaban. Nada de eso importó: el 22 de diciembre de 1815 fue fusilado en el pueblo de San Cristóbal Ecatepec. Tenía 50 años.
Con Morelos muerto, la insurgencia entró en su etapa más difícil: sin un liderazgo tan claro, la guerra se dispersó en guerrillas regionales, la más importante encabezada por Vicente Guerrero en el sur del país, que resistió años de acoso militar sin rendirse jamás.
Las mujeres que sostuvieron la insurgencia en silencio
La independencia no fue obra solo de generales. Josefa Ortiz de Domínguez, esposa del corregidor de Querétaro, fue quien alertó a los insurgentes de que la conspiración había sido descubierta, precipitando el Grito de Dolores. Leona Vicario, una joven de la Ciudad de México, financió con su propia fortuna al movimiento insurgente, hizo de correo de información clandestina y fue apresada y encerrada en un convento sin que jamás delatara a sus compañeros; murió en 1842 con el título honorífico de Benemérita Madre de la Patria. Junto a ellas, mujeres como Gertrudis Bocanegra, Altagracia Mercado o Manuela Medina —esta última combatiente directa en el campo de batalla— sostuvieron redes de abastecimiento, comunicación y financiamiento sin las cuales la guerra insurgente difícilmente hubiera sobrevivido tantos años.
El giro inesperado: cuando los antiguos enemigos se hicieron aliados
Durante años, la guerra pareció estancada: los insurgentes resistían en el sur, pero no podían derrotar al ejército realista, mucho mejor armado. El desenlace llegó, otra vez, desde España. En 1820, un pronunciamiento militar liberal encabezado por Rafael de Riego obligó al rey Fernando VII a jurar de nuevo la Constitución liberal de Cádiz de 1812, dando inicio a lo que se conoce como el Trienio Liberal. Esa constitución recortaba privilegios tradicionales de la Iglesia y de ciertos sectores conservadores, tanto en España como en sus colonias.
Paradójicamente, esto empujó hacia la independencia a un sector que hasta entonces la había combatido: los criollos y peninsulares conservadores de la Nueva España, que veían en esas reformas liberales una amenaza a sus privilegios, y que ahora preferian un México independiente y conservador antes que seguir atados a una España liberal. Uno de los oficiales realistas encargado de combatir a los insurgentes, Agustín de Iturbide, entendió ese cambio de ánimo y decidió cambiar de bando.
La consumación: de enemigos a socios en 11 meses
En lugar de seguir combatiendo a Vicente Guerrero, Iturbide le propuso una alianza. El 10 de febrero de 1821, ambos se reunieron en el poblado de Acatempan, Guerrero, en un encuentro que la memoria histórica bautizó como el “Abrazo de Acatempan”: el símbolo de que insurgentes y antiguos realistas dejaban de matarse entre sí para unir fuerzas.
Dos semanas más tarde, el 24 de febrero de 1821, Iturbide proclamó el Plan de Iguala, un documento de 23 artículos que ofrecía algo para (casi) todos los bandos, bajo tres principios conocidos como las “Tres Garantías”: Religión (la católica, única y oficial), Independencia (respecto de cualquier otra nación) y Unión (entre americanos y europeos residentes en el país, sin distinción). Para defender esas garantías se creó el Ejército Trigarante, bajo una nueva bandera tricolor que fue la semilla de la actual bandera mexicana.
El plan tuvo un éxito casi inesperado: ciudades y regiones enteras se fueron sumando sin apenas resistencia. El 24 de agosto de 1821, en la ciudad de Córdoba, Veracruz, Iturbide se reunió con Juan O’Donojú, el último jefe político enviado por España para gobernar la Nueva España, y firmaron los Tratados de Córdoba: diecisiete artículos que reconocían formalmente la independencia del país, ahora bajo el nombre de “Imperio Mexicano”.
El 27 de septiembre de 1821 —un día después de que Iturbide cumpliera 38 años— el Ejército Trigarante, con unos 16,000 hombres, entró de manera solemne y pacífica a la Ciudad de México entre el repique de campanas y una multitud que celebraba en las calles. Al día siguiente, el 28 de septiembre de 1821, se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, el documento que cerró, formalmente, once años de guerra.
El después: independencia sí, estabilidad no
La fiesta duró poco. El país que nacía en 1821 estaba, literalmente, en bancarrota: once años de guerra habían destruido minas, campos y rutas comerciales; muchos españoles ricos habían huido llevándose su capital; y las nuevas autoridades heredaron una deuda enorme sin un sistema fiscal capaz de pagarla. Agustín de Iturbide se proclamó emperador en 1822, pero su Primer Imperio Mexicano duró apenas un año: la falta de dinero, las tensiones con el Congreso y la desconfianza de antiguos aliados —entre ellos el propio Guerrero— lo obligaron a abdicar en 1823.
Lo que siguió fue casi tres décadas de inestabilidad crónica: entre 1821 y 1851 México tuvo más de veinte gobernantes distintos, entre presidentes, juntas y hombres fuertes que llegaban al poder por la vía de un golpe militar. La independencia había resuelto el problema de quién gobernaba desde fuera, pero dejó sin resolver una pregunta todavía más difícil: quién y cómo debía gobernar desde dentro.
En el plano internacional, el reconocimiento tampoco fue inmediato ni sencillo. Estados Unidos fue el primer país en reconocer la independencia mexicana, el 12 de diciembre de 1822. El caso británico fue más complejo y revela hasta qué punto la diplomacia de la época funcionaba por intereses, no por simpatía: el ministro británico de Relaciones Exteriores, George Canning, veía en el comercio —no en los principios— la base de cualquier relación entre naciones soberanas, y desde 1823 instruyó a sus diplomáticos para negociar acuerdos comerciales con las nuevas repúblicas americanas antes incluso de reconocerlas formalmente. El reconocimiento británico de México llegó hasta abril de 1825, sellado con un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación que garantizaba a los comerciantes ingleses libertad de culto y condiciones favorables de importación. Detrás de esa demora había algo más que burocracia: en el Congreso de Verona, celebrado a finales de 1822, las potencias de la Santa Alianza —Rusia, Austria, Prusia y Francia— discutieron abiertamente la posibilidad de ayudar a España a reconquistar sus antiguas colonias americanas. Sólo la negativa británica a sumarse a esa cruzada, más interesada en sus propios mercados americanos que en restaurar el absolutismo español, evitó que ese plan avanzara. España, por su parte, se resistió durante años a aceptar la pérdida de su colonia más valiosa, lo que generó tensiones diplomáticas que se extendieron por más de una década.
Lo que vieron los ojos extranjeros
México no solo se contó a sí mismo. Antes de la guerra, Alexander von Humboldt ya había puesto sobre la mesa, con datos y cifras, la desigualdad que subyacía en la Nueva España, y su obra circuló ampliamente en Europa como una de las primeras “radiografías” serias del virreinato. Después de consumada la independencia, el país se abrió a una oleada de viajeros extranjeros —franceses, británicos y estadounidenses sobre todo— que documentaron con asombro, y a veces con prejuicio, la vida cotidiana del nuevo país. Una de las crónicas más citadas por los historiadores es la de la escocesa Fanny Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español en México, cuyas cartas —publicadas después como La vida en México— retratan con detalle la sociedad, las costumbres y los contrastes de un país que apenas empezaba a inventarse a sí mismo fuera del dominio español.
Un poco antes que ella, el diplomático británico Henry George Ward, encargado de negocios de su gobierno en México durante los años inmediatamente posteriores a la independencia, publicó en 1828 un extenso informe titulado Mexico in 1827, pensado sobre todo para inversionistas e industriales británicos interesados en la minería mexicana. Su mirada era la de un funcionario evaluando un mercado, no la de un simpatizante del movimiento insurgente: documentó con detalle el estado ruinoso de la economía tras once años de guerra, la fuga de capital español y las dificultades políticas del nuevo país, pero también reconoció el potencial de una nación que, a pesar de todo, había logrado sacudirse tres siglos de dominio colonial. Estas miradas externas, aunque parciales y filtradas por su propia época y por sus propios intereses económicos, son un complemento valioso al relato oficial: confirman, desde afuera, tanto la riqueza como las profundas fracturas sociales y económicas que la guerra de independencia había intentado —sin lograrlo del todo— resolver.
Por qué esta historia sigue importando
Ver la independencia de México solo como una fecha de fuegos artificiales es quedarse con la cáscara. Fue, sobre todo, la historia de una sociedad profundamente desigual —diseñada así desde sus propias instituciones coloniales, como la Real Ordenanza de Intendentes o el Consulado de Comerciantes— que tardó once años, miles de vidas y al menos tres proyectos de organización política distintos —los Elementos Constitucionales de la Junta de Zitácuaro, los Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán— en empezar a imaginarse como algo distinto de una colonia. Muchas de las ideas que Morelos escribió en 1813 —la división de poderes, la igualdad ante la ley, el rechazo a la esclavitud y a las castas— tardarían todavía décadas, y otra guerra más, en convertirse en realidad plena. Pero el hecho de que ya estuvieran ahí, puestas por escrito por un cura de pueblo convertido en general, y respaldadas por hombres como López Rayón o mártires silenciosos como Mariano Abasolo, es quizá la mejor prueba de que la independencia de México no fue solo una ruptura política con España, sino el primer borrador, todavía imperfecto, del país que México ha seguido tratando de construir desde entonces.
Fuentes consultadas
- Humboldt, Alexander von. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811/1822). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Internet Archive.
- Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), José María Morelos.
- INEHRM / Museo de las Constituciones UNAM, Sentimientos de la Nación (1813), texto completo.
- Memoria Política de México, Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional (1813).
- Constitución de Apatzingán (1814), texto completo: Cámara de Diputados.
- Gobierno de México / SEDENA, Fusilamiento de José María Morelos y Pavón.
- México Desconocido, El Pípila y la toma de la Alhóndiga de Granaditas.
- Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (DBE), Abdicaciones de Bayona.
- National Geographic en Español, El comienzo del fin: así perdió España el control de América tras la invasión de Napoleón en 1808.
- INEHRM, El Abrazo de Acatempan, 10 de febrero de 1821.
- Memoria Política de México, Plan de Iguala, 24 de febrero de 1821.
- México Desconocido, Tratados de Córdoba, la primera declaración del México Independiente.
- IEXE, El México post-independiente: doloroso y problemático.
- El Universal, Josefa Ortiz de Domínguez y otras mujeres clave en la Independencia de México.
- UNAM Global, Además de las conocidas, la independencia de México la hicieron muchas otras mujeres.
- Redalyc, La visión de la inmigración a México en los viajeros extranjeros (1821-1850).
- Dinero en Imagen, ¿Qué tan desigual era México antes de la Independencia?
- Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Ignacio López Rayón instala la Junta de Zitácuaro, 19 de agosto de 1811.
- Relatos e Historias en México, Mariano Abasolo.
- Historia Mexicana, El Colegio de México, El nuevo régimen institucional bajo la Real Ordenanza de Intendentes.
- Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, El reconocimiento de la Gran Bretaña.
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