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Los rostros de la Independencia: héroes, heroínas y lo que el mundo vio desde afuera

Cuando pensamos en la Independencia de México, casi siempre aparecen las mismas dos o tres caras: un cura con una bandera, un general a caballo, tal vez una mujer con un vestido de época asomada a una ventana. Pero la guerra que le dio forma a México entre 1810 y 1821 fue obra de decenas de personas —hombres y mujeres, criollos e indígenas, sacerdotes y arrieros, generales y mensajeras— que rara vez caben en un solo billete o en una sola estatua. Y esa guerra, además, no ocurrió en una burbuja: fue vista, comentada, temida y hasta imitada por gobiernos de medio mundo, sobre todo por los vecinos más cercanos. Este es un recorrido por esos rostros, y por los ojos extranjeros que los observaron.

Los que encendieron la mecha: Hidalgo, Allende y los Aldama

Todo empezó con una conspiración de sobremesa. En Querétaro, un grupo de criollos con posición social —el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz, el capitán Ignacio Allende y los hermanos Juan e Ignacio Aldama— se reunía discretamente para planear un levantamiento contra el gobierno virreinal. A ellos se sumó Miguel Hidalgo y Costilla, cura del pueblo de Dolores, de 57 años, con una educación y una curiosidad poco comunes para el clero de su época.

Ignacio Allende, militar de carrera, era en muchos sentidos el cerebro estratégico del grupo: fue él quien aportó la experiencia castrense que le faltaba a la conspiración. Juan Aldama, capitán de las milicias provinciales, fue quien —al enterarse de que el complot había sido descubierto— cabalgó de noche para avisar a Hidalgo y Allende, obligándolos a adelantar el levantamiento. Su hermano Ignacio Aldama se sumó como enlace político. Cuando el proyecto fue finalmente aplastado, los cuatro líderes principales —Hidalgo, Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez— fueron capturados en Acatita de Baján, trasladados a Chihuahua, juzgados y fusilados entre junio y julio de 1811. Sus cabezas fueron exhibidas durante diez años en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, como advertencia pública. No funcionó: la insurgencia ya tenía otros líderes esperando.

No todos corrieron esa suerte. Mariano Abasolo, capitán criollo también presente desde la primera hora, fue el único de ese grupo fundador que escapó al pelotón de fusilamiento: un tribunal lo condenó a cadena perpetua y lo deportó a España, donde murió de tuberculosis en 1816, encerrado en el castillo de Santa Catalina, en Cádiz, acompañado hasta el final por su esposa, Manuela Rojas, que logró permiso para compartir su celda. Su historia, mucho menos citada que la de sus compañeros fusilados, recuerda que la represión realista no solo se ejerció con pelotones de fusilamiento, sino también con condenas lentas diseñadas para borrar a un hombre de la memoria pública sin convertirlo en mártir.

El teólogo que se volvió general: Mariano Matamoros

Uno de esos líderes fue Mariano Matamoros, un sacerdote que se había ordenado presbítero en 1796 y que, como Hidalgo, cambió el púlpito por el campo de batalla. Se convirtió en el brazo derecho militar de José María Morelos y en uno de los pocos insurgentes capaces de organizar tropas con disciplina casi profesional. Fue capturado en 1814 y fusilado, con su cabeza también exhibida como escarmiento —el mismo destino que había sufrido Allende tres años antes. Su nombre quedó unido para siempre al de Morelos, como ejemplo de que la insurgencia no fue solo un fenómeno de rancheros armados con machetes, sino también de hombres formados, capaces de mandar ejércitos.

El abogado que gobernó sin territorio: Ignacio López Rayón

Menos conocido que los generales de campo, pero igual de decisivo, fue Ignacio López Rayón, antiguo secretario de Hidalgo. Cuando los líderes fundadores cayeron uno tras otro en 1811, López Rayón asumió una tarea distinta a la de pelear: darle a la insurgencia un gobierno. El 19 de agosto de 1811 instaló en Zitácuaro, Michoacán, la Suprema Junta Nacional Americana, con él mismo como presidente, y José María Liceaga y José Sixto Verduzco como vocales; poco después se sumaría también Morelos. Bajo su liderazgo se redactaron los Elementos Constitucionales, el primer intento de darle a la nación insurgente un marco legal, dos años antes de los Sentimientos de la Nación. López Rayón nunca tuvo el carisma militar de Morelos ni de Guerrero, y su Junta fue perseguida de pueblo en pueblo casi sin descanso, pero fue él quien demostró que la insurgencia podía pensarse, además de combatirse.

El periodista de la insurgencia: Andrés Quintana Roo

No todos los insurgentes empuñaron un fusil. Andrés Quintana Roo, abogado y poeta nacido en Mérida en 1787, decidió luchar con la pluma. A pedido de López Rayón, fundó junto con José María Cos el periódico El Ilustrador Americano para difundir las ideas insurgentes, y más tarde continuó esa labor editorial al frente del Semanario Patriótico Americano. En 1813 fue diputado en el Congreso de Chilpancingo convocado por Morelos, donde participó en la redacción del Acta Solemne de la Declaración de Independencia y ayudó a dar forma final a los Sentimientos de la Nación. Su historia personal se entrelazó además con la de otra de las grandes figuras de esta guerra: se casó con Leona Vicario durante la clandestinidad, y la pareja tuvo que huir junta de refugio en refugio mientras él seguía redactando proclamas y ella financiaba a los insurgentes con su propia fortuna. Hoy, el estado de Quintana Roo lleva su nombre en honor a ese periodismo insurgente que, sin disparar un solo tiro, mantuvo viva la causa en la imaginación pública.

Vicente Guerrero: del arriero al primer presidente afromexicano

Si hay una figura que resume la enorme mezcla social de la independencia, esa es Vicente Guerrero. Nació en 1782 en Tixtla, hijo de un padre afromexicano y una madre indígena, y trabajó de arriero —como el propio Morelos— antes de sumarse a la insurgencia. Morelos reconoció su talento y lo ascendió a capitán, enseñándole tácticas militares y la fabricación de pólvora.

Cuando Morelos fue fusilado en 1815, la insurgencia se dispersó en guerrillas regionales y muchos dieron la lucha por perdida. Guerrero no. Reorganizó a sus tropas en las montañas del sur y sostuvo la resistencia durante años, rechazando ofertas de indulto que le habrían garantizado una vida cómoda a cambio de deponer las armas. Cuenta la tradición que, cuando su propio padre le suplicó que aceptara el perdón realista, Guerrero respondió con una frase que resume el espíritu de toda esta etapa de la guerra: “la patria es primero”. Fue precisamente esa resistencia inquebrantable la que en 1821 obligó a un oficial realista llamado Agustín de Iturbide a proponerle, en vez de combatirlo, una alianza.

Guerrero llegaría después a ser el segundo presidente de México (1829-1830) y el primer presidente afrodescendiente del país en toda América. En su breve gobierno de apenas ocho meses logró algo que Hidalgo y Morelos solo habían podido proponer en papel: decretó la abolición de la esclavitud en México, casi cuatro décadas antes que Estados Unidos. Fue depuesto por un golpe militar y fusilado en 1831, traicionado por un capitán italiano contratado para entregarlo.

El guerrillero indígena que siguió peleando: Pedro Ascencio de Alquisiras

Junto a Guerrero, en las montañas del sur, combatía otro hombre cuyo nombre rara vez aparece en los libros de texto: Pedro Ascencio de Alquisiras, guerrillero de origen tlahuica nacido hacia 1784 en la región que hoy comparten Guerrero y el Estado de México. Bajo las órdenes primero de Morelos y luego de Guerrero, Ascencio mantuvo durante años una guerra de guerrillas casi imposible de sofocar en el territorio entre Toluca y Mezcala, al frente de una fuerza reducida —apenas medio centenar de hombres en sus mejores momentos— pero extraordinariamente eficaz gracias a su conocimiento del terreno. Durante los últimos tres años antes de la consumación, él y Guerrero se convirtieron en los dos enemigos más temidos por el ejército realista en el sur del país. Ascencio no alcanzó a ver la independencia consumada: murió en combate el 3 de junio de 1821, apenas unos meses antes de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, cuando ya la victoria insurgente era casi segura. Su caso es un recordatorio incómodo pero necesario: no todos los que lucharon hasta el final vivieron para ver el resultado de su lucha.

Agustín de Iturbide: el hombre que cambió de bando dos veces

Ninguna figura de esta historia es más contradictoria que Agustín de Iturbide. En 1810 combatió activamente a los insurgentes de Hidalgo desde las filas realistas, y durante años fue uno de los oficiales más eficaces del ejército virreinal contra la guerrilla del sur. Sin embargo, en 1821, al ver que España vivía una crisis política interna —un giro liberal que amenazaba los privilegios de la Iglesia y de los sectores conservadores criollos— decidió cambiar de bando por completo. Buscó a Vicente Guerrero, su antiguo enemigo, y le propuso una alianza que terminaría con once años de guerra en apenas once meses.

Pasó, literalmente, de perseguir insurgentes a consumar la independencia, y de ahí a proclamarse emperador de México en 1822. Su imperio duró menos de un año: la bancarrota del país, su gusto por el boato de las cortes europeas y la desconfianza de antiguos aliados —el propio Guerrero incluido— lo obligaron a abdicar en 1823. Fue fusilado al año siguiente, al intentar regresar al país. Iturbide encarna, mejor que nadie, la ambigüedad moral de una guerra donde no todos los héroes fueron consecuentes hasta el final, y donde algunos antiguos enemigos del movimiento terminaron firmando su acta de nacimiento.

Las mujeres que sostuvieron la guerra desde la sombra

La insurgencia no habría sobrevivido once años sin una red de mujeres que financiaron, comunicaron, escondieron y, en varios casos, combatieron directamente.

Josefa Ortiz de Domínguez, “La Corregidora”, fue quien, al enterarse de que la conspiración de Querétaro había sido descubierta, encontró la manera de avisar a los insurgentes a pesar de estar prácticamente vigilada en su propia casa, precipitando el Grito de Dolores antes de lo planeado. Pasó tres años presa en conventos por su participación y, ya consumada la independencia, rechazó con firmeza el título de dama de honor que le ofreció el emperador Iturbide: no estaba de acuerdo con una monarquía.

Leona Vicario, joven acaudalada de la Ciudad de México, usó su propia fortuna para financiar al movimiento insurgente, operó como correo de información clandestina entre las distintas facciones y fue apresada y recluida en un convento sin que jamás delatara a sus compañeros. Murió en 1842 con el título honorífico de Benemérita Madre de la Patria, el primero otorgado a una mujer en la historia de México.

Gertrudis Bocanegra, de Pátzcuaro, tejió una red de comunicaciones entre los principales núcleos de la rebelión en Michoacán. Capturada, se negó a revelar información sobre las fuerzas insurgentes incluso bajo amenaza de muerte, y fue fusilada en 1817, a los 52 años.

Manuela Medina, conocida como “La Capitana”, fue una mujer indígena de Taxco que combatió directamente en el campo de batalla bajo las órdenes de Morelos, participando en la toma del puerto de Acapulco en 1813 —una combatiente, no solo una organizadora.

Altagracia Mercado, la “Heroína de Huichapan”, usó sus propios recursos económicos para reclutar y comandar personalmente una fuerza insurgente en la región que hoy pertenece al estado de Hidalgo.

Ninguna de ellas aparece en el Grito oficial que se repite cada 15 de septiembre. Todas fueron, en sentido estricto, tan insurgentes como los generales que sí aparecen.

Lo que vio Estados Unidos: entusiasmo con reservas

El vecino del norte observó la guerra de independencia mexicana con una mezcla de simpatía ideológica y cautela práctica. Estados Unidos fue, de hecho, el primer país del mundo en reconocer formalmente la independencia de México, el 12 de diciembre de 1822. Pero ese reconocimiento no fue incondicional: los diplomáticos estadounidenses en la región esperaban que del proceso mexicano surgiera un gobierno “democrático y federativo”, a imagen de la propia experiencia republicana de Estados Unidos, y vieron con desconfianza el giro hacia una monarquía cuando Iturbide se coronó emperador en 1822. El entusiasmo estadounidense por la independencia mexicana, en otras palabras, tenía condiciones: aplaudían que México se liberara de España, pero preferían que se pareciera lo más posible a ellos mismos. Esa mezcla de apoyo y vigilancia anticipa, de hecho, la Doctrina Monroe de 1823, que un año después convertiría a Estados Unidos en el autoproclamado guardián de toda la independencia americana frente a Europa —un papel que, con el tiempo, tendría enormes consecuencias para el propio México.

Cuba: el vecino que no pudo levantarse, pero lo intentó primero

Pocas veces se cuenta que, un poco antes del Grito de Dolores, otra colonia española muy cercana ya había intentado algo parecido. En 1809 y 1810, el hacendado habanero Román de la Luz, junto con el militar Luis Francisco Basave y el abogado Joaquín Infante, organizó en La Habana una conspiración independentista que planeaba iniciar la revuelta el 7 de octubre de 1810, apoyándose en baterías de pardos y morenos libres y en trabajadores de varios barrios habaneros. Las autoridades coloniales, alertadas a tiempo, desarticularon el complot antes de que estallara: los principales conspiradores fueron enviados presos a España y África, aunque los cabecillas terminarían, años después, indultados y radicados en Cádiz —la misma ciudad, casualmente, donde moriría preso el insurgente mexicano Mariano Abasolo.

La conspiración cubana fracasó antes de disparar un solo tiro, pero dejó una lección que las autoridades españolas nunca olvidaron: apenas unos meses después de que Hidalgo llamara a las armas en Dolores, el gobierno colonial de Cuba redobló la vigilancia sobre la isla por temor a que el fervor insurgente mexicano “contagiara” a la colonia caribeña más valiosa del imperio. Ese miedo resultó fundado a largo plazo, aunque tardaría décadas en materializarse: Cuba, gracias en buena medida a un control militar y político mucho más estricto que el de la Nueva España, lograría mantenerse bajo dominio español casi ocho décadas más, hasta 1898, convirtiéndose junto con Puerto Rico en una de las últimas posesiones americanas de la corona.

Guatemala y Centroamérica: una unión de once meses

El vecino del sur vivió una relación todavía más directa y más breve con la independencia mexicana. El 15 de septiembre de 1821 —el mismo día, casi simbólicamente, que México conmemora su propio Grito— Guatemala proclamó la independencia de Centroamérica respecto de España. Pero la fragmentación territorial, la presión de las provincias del norte (Chiapas se adhirió primero) y la cercanía de la división militar mexicana comandada por el general Vicente Filísola llevaron a una decisión drástica: en 1821 y 1822, decenas de ayuntamientos centroamericanos votaron su anexión al recién nacido Imperio Mexicano de Iturbide. De 147 cabildos consultados, 104 aceptaron la unión sin condiciones.

No fue, sin embargo, una decisión unánime ni pacífica: la provincia de San Salvador se mantuvo en franca rebelión contra la anexión hasta febrero de 1823, y Costa Rica vivió una breve guerra civil entre facciones a favor y en contra de unirse a México. Cuando el imperio de Iturbide colapsó en 1823, Centroamérica aprovechó el vacío de poder para separarse definitivamente y formar su propia confederación de estados independientes, tanto de España como de México. La experiencia duró apenas dieciocho meses, pero deja una lección incómoda: la independencia mexicana no solo inspiró a sus vecinos, también estuvo a punto de tragárselos.

Sudamérica: el saludo distante de Simón Bolívar

Más al sur, el otro gran arquitecto de la independencia americana observaba con atención. Simón Bolívar, entonces en plena campaña libertadora en Sudamérica, envió en 1821 una carta a Iturbide celebrando “con placer los triunfos de las armas” que conducían a la independencia del pueblo mexicano, y llegó a enviar a un representante, Miguel Santamaría, para estrechar relaciones entre la naciente Colombia y México. Bolívar admiraba abiertamente la hazaña de Iturbide —llegó a compararlo, con cierta exageración retórica, con Napoleón Bonaparte— aunque desconfiaba profundamente del camino monárquico que México había elegido. Bolívar, republicano convencido, sabía que tarde o temprano México pasaría del imperio a una república federal, una transición que él mismo desaconsejaba para las jóvenes naciones sudamericanas por temor a la inestabilidad. Fue, en el fondo, un reconocimiento entre iguales, pero también una advertencia diplomática y velada: dos libertadores que se admiraban sin terminar de confiar en el rumbo político del otro.

España: la metrópoli que no quería soltar

Del otro lado del Atlántico, la reacción fue, previsiblemente, de shock. Las primeras noticias sobre la insubordinación de Iturbide llegaron a la península el 4 de junio de 1821 y desataron de inmediato el debate en las Cortes españolas. España, sumida en su propia crisis política —el llamado Trienio Liberal— y sin recursos militares ni financieros para sostener una campaña de reconquista, se vio obligada a asumir, en la práctica, la pérdida de su colonia más rica, aunque tardó años en aceptarla formalmente en el papel. La prensa oficial mexicana de la época, por su parte, retrató el Trienio Liberal español como una etapa de anarquía y guerra civil, usando esa imagen negativa de España para reforzar, hacia adentro, la legitimidad de la independencia recién consumada.

El miedo, además, no se quedó solo en México y no se limitó a la propaganda: en el Congreso de Verona, celebrado a finales de 1822, las potencias de la Santa Alianza —Rusia, Austria, Prusia y Francia— discutieron abiertamente la posibilidad de intervenir militarmente para ayudar a Fernando VII a recuperar sus colonias americanas perdidas, incluida México. Fue Gran Bretaña, más interesada en abrir mercados americanos a sus manufacturas que en restaurar el absolutismo español, la que se negó a sumarse a esa cruzada y en la práctica bloqueó el plan. Francia, por su parte, sí intervino militarmente en la propia España en 1823 para restaurar el poder absoluto de Fernando VII, aunque ese ejército nunca cruzó el Atlántico. Tras perder su colonia continental más grande, España vivió durante años el temor de que el mismo férvor independentista “contagiara” a sus posesiones restantes, sobre todo Cuba, la joya que lograría conservar casi ocho décadas más, hasta 1898.

Una guerra que el mundo entero estaba mirando

Vista en conjunto, la independencia de México no fue un episodio aislado, sino una pieza de un tablero continental. Estados Unidos calculaba hasta qué punto le convenía un vecino republicano o monárquico. Cuba, aterrada, redoblaba su vigilancia interna para que el incendio insurgente no cruzara el Golfo. Centroamérica, por unos meses, literalmente formó parte del mismo país. Bolívar, desde Sudamérica, tendía puentes diplomáticos sin dejar de vigilar con recelo el experimento imperial. Y España, incapaz ya de sostener su imperio americano, buscaba incluso el respaldo de las grandes potencias europeas para intentar revertir lo irreversible.

Detrás de esas cancillerías y esos cálculos geopolíticos, sin embargo, siempre hay nombres propios: un teólogo que cambió la sotana por el fusil, un arriero afromexicano que llegó a presidente, un guerrillero indígena que murió meses antes de ver la victoria, un abogado que gobernó sin territorio, un periodista que redactó proclamas mientras huía junto a su esposa, una mujer que financió un ejército con su propia fortuna, un militar que traicionó a ambos bandos antes de morir por uno de ellos. La independencia de México se decidió, al final, tanto en los despachos diplomáticos de Washington, Bogotá y Madrid como en los campos de batalla del Bajío y el sur —y entenderla completa exige mirar hacia ambos lados a la vez.


Fuentes consultadas

  • México Desconocido, Vicente Guerrero, ¿quién fue y qué hizo?
  • UNAM Global / Ciencia UNAM, Vicente Guerrero y los afrodescendientes en la Independencia de México
  • México Desconocido, Ignacio Allende, la historia de un héroe de la Independencia de México
  • Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Ignacio López Rayón instala la Junta de Zitácuaro, 19 de agosto de 1811
  • CNDH, Nace Ignacio Allende, insurgente que luchó por la Independencia de México
  • Etcétera, Agustín de Iturbide: el consumador de la Independencia
  • Revista Bicentenario, Iturbide a revisión
  • México Desconocido, Josefa Ortiz de Domínguez, biografía de La Corregidora
  • El Universal, Josefa Ortiz de Domínguez y otras mujeres clave en la Independencia de México
  • UNAM Global, Además de las conocidas, la independencia de México la hicieron muchas otras mujeres
  • Relatos e Historias en México, Mariano Abasolo
  • México Desconocido, ¿Quién fue Mariano Abasolo y qué papel tuvo en la Independencia de México?
  • Enciclopedia Guerrerense, Pedro Ascencio Alquisiras
  • La Voz del Árabe / El Historiador, Andrés Quintana Roo, héroe de la pluma y del ingenio
  • México Desconocido, Andrés Quintana Roo, biografía de un héroe independentista
  • Prensa Libre, Historia de Guatemala: La anexión a México en 1822
  • UFM Bicentenario, Centroamérica declara su independencia, 1 de julio de 1823
  • Memoria Política de México, 1821, Carta de Simón Bolívar a Agustín de Iturbide
  • Letras Libres, Bolívar, México y la liga imposible
  • SciELO México, Independencia, guerra y diplomacia: las relaciones hispano-mexicanas en el contexto internacional, 1821-1830
  • SciELO México, La revolución controlada. España y México en el inicio de la era de los pronunciamientos (1820-1821)
  • Biblioteca del Congreso de EE. UU., México – De la Independencia a la Reforma, 1800-1857
  • Ministerio de Cultura de España, Las últimas posesiones: Filipinas
  • Encaribe, Conspiración de 1810 (Román de la Luz), La Habana, Cuba
  • Ministerio de Cultura de España, Congreso de Verona, 1822, Bicentenario de las independencias iberoamericanas

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