En septiembre de 2026, la diputada local de Morena en Veracruz, Victoria Gutiérrez Pérez, volvió a poner a México en boca de todos por una razón inesperada: aseguró, ante el Congreso del estado, que científicos veracruzanos construyeron una nave espacial capaz de viajar a Marte y que pronto llevarían “el aroma del café veracruzano” hasta el planeta rojo. Sus declaraciones —que incluyeron frases como que el proyecto serviría para “controlar a Elon Musk, que se quiere apoderar de todo”— generaron burlas, memes y cobertura nacional en medios como El Financiero, Infobae, Milenio y La Silla Rota. Pero detrás del escándalo hay un proyecto científico real, con casi veinte años de historia, que la diputada exageró hasta volverlo irreconocible. Esto es lo que de verdad se sabe, y de dónde viene cada dato.
Todo comienza con el Plan Ares, un proyecto de investigación académica —no un programa gubernamental ni una empresa aeroespacial— que nació en Xalapa alrededor de 2005, cuando el biólogo Héctor Omar Pensado Díaz empezó a desarrollar, casi en solitario, la idea de diseñar tecnología mexicana orientada a la exploración humana de Marte. Pensado dirige el Centro de Investigación Atmosférica y Ecológica (CIAE), ligado a la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, y con los años sumó al esfuerzo a la Universidad Veracruzana, a la Universidad Tecnológica de Gutiérrez Zamora y al Instituto de Ciencias y Tecnologías Espaciales del Centro Universitario Bonpland & Humboldt. El proyecto se presentó formalmente por primera vez en agosto de 2014, casi una década después de haber arrancado, lo que explica por qué distintos medios lo describen indistintamente como un proyecto de “10 años”, de “12 años” o de “dos décadas”: depende de si cuentan desde el arranque interno o desde su presentación pública.
En su entrevista de 2017 con Xataka México —la fuente más detallada que existe sobre el proyecto, con declaraciones directas de Pensado— el investigador explicó en qué consiste exactamente el Plan Ares. No es una sola cosa, sino tres líneas de trabajo paralelas. La primera es el diseño de un módulo habitable, concebido como una futura “nave”, dividido en cuatro secciones: comando, soporte vital, ingeniería y carga. Ese módulo incluiría una cabina de mando, dormitorios, un área de cultivo y una bodega de alimentos, y contempla —al menos en el papel— un sistema de rotación mecánica a dos revoluciones por minuto para inducir artificialmente un tercio de la gravedad terrestre y así reducir el desgaste óseo y muscular que sufre el cuerpo humano en el espacio. La segunda línea es el “Módulo de Investigación Estratosférica”, pensado para estudios geológicos, atmosféricos y astrobiológicos que ayudarían a entender mejor las condiciones reales del planeta rojo. La tercera son las “Unidades Mínimas de Terraformación”: pequeños invernaderos experimentales que buscan probar, a escala de laboratorio, si es posible alterar la temperatura y la presión de un espacio cerrado para lograr que las plantas germinen en condiciones parecidas a las marcianas, aprovechando que estas absorben dióxido de carbono y liberan oxígeno.
Nada de esto equivale a un cohete o a un vehículo capaz de salir de la atmósfera terrestre. Lo que existe son maquetas y prototipos de cabina, construidos para pruebas en tierra, no para viajar a ningún lado. No hay misión programada, ni tripulación entrenada rumbo a Marte, ni fecha de despegue, y Xataka México reportó que el proyecto lleva años prácticamente detenido por falta de financiamiento. Tampoco es un programa oficial del Estado mexicano: no lo opera ni lo paga la Agencia Espacial Mexicana ni ninguna dependencia federal, sino un grupo universitario que ha sobrevivido con convenios puntuales, becas y trabajo en buena medida voluntario.
Con el paso de los años, el Plan Ares sí logró visibilidad en foros serios: se presentó en Cuba, ante la división de estudios espaciales del Centro Ames de la NASA y ante la Agencia Espacial Mexicana, que —según el propio Pensado— recibió bien la propuesta y la usó como base para organizar el congreso “México hacia Marte”. En junio de 2023, Xalapa fue sede de una exhibición pública de los prototipos en el Parque Juárez, y ese mismo año el equipo llevó a cabo una simulación de aislamiento de seis días en el Cofre de Perote, un volcán a más de 4,100 metros de altitud elegido porque su clima frío en plena zona tropical se parece más a Marte que las montañas de Estados Unidos o Canadá, según explicó el propio investigador. El taller donde se guardan y ensamblan físicamente estos prototipos —el mismo que la diputada Gutiérrez señaló como el lugar de “las naves y los misiles”— está en el municipio de Emiliano Zapata, que colinda con Xalapa a apenas dos kilómetros y forma parte de su misma zona metropolitana: no se trata de una instalación aeroespacial secreta en otro punto del estado, sino del taller universitario de siempre.
Conviene no confundir el Plan Ares con otro proyecto mexicano que sí fue oficial: la misión MEx-1. En diciembre de 2018, la Agencia Espacial Mexicana coordinó, junto con la organización internacional Mars Society, el envío de una tripulación cien por ciento mexicana a la Mars Desert Research Station, una base de simulación ubicada en el desierto de Utah, Estados Unidos. Ahí, seis “astronautas análogos” mexicanos, bajo la coordinación de la científica Tania María Robles Hernández y con apoyo de la Sociedad de Científicos Anónimos, vivieron encerrados poniendo a prueba cómo funcionaría una tripulación real en una misión de larga duración a Marte. Fue una misión independiente del CIAE y del Plan Ares, organizada por una agencia distinta, con otro equipo y en otro país; que ambas historias mexicanas sobre “misiones a Marte” hayan coincidido en el tiempo ha contribuido a la confusión pública sobre qué es cada cosa.
La conclusión es sencilla: el Plan Ares es ciencia real, aunque modesta, y su relación con la NASA y con Mars Society también es real, aunque limitada a presentaciones y colaboraciones, no a financiamiento ni a un programa conjunto. Lo que no es real es la versión que ofreció la diputada Gutiérrez ante el Congreso de Veracruz: no hay nave lista para volar, no hay misiles, no hay un plan de terraformación en marcha y no existe evidencia, más allá de su propia palabra, de que la presidenta Claudia Sheinbaum haya conocido o avalado el proyecto. La distancia entre el experimento universitario real, documentado durante veinte años por medios como Xataka México, El Financiero, La Silla Rota, Infobae y la propia Universidad de Guanajuato, y la conquista espacial imaginada que describió la legisladora, es en el fondo la historia de cómo una buena noticia científica se puede convertir en un mal chiste político cuando nadie verifica los datos antes de repetirlos.
Fuentes consultadas: Xataka México (“Plan Ares: ¿llevar vida verde a Marte?”, 2017, y cobertura de la polémica de 2026), La Silla Rota (“Ares: proyecto veracruzano que lleva 2 décadas diseñando una nave espacial”), El Financiero (“¿Qué sabemos del Proyecto Ares?”), Infobae, Milenio, SDP Noticias, Universidad de Guanajuato (ugto.mx), Agencia Espacial Mexicana (gob.mx/aem) y Sociedad de Científicos Anónimos.

